sábado, 17 de agosto de 2013

Experiencias que nunca se vuelven a vivir...

El coche se para, la puerta del conductor se abre y yo me decido a hacer lo mismo mientras escucho como mis dos compañeras me imitan. Tras bajar, observo las tumbas y la pequeña ermita que hay a la derecha del unico edificio con pinta no religiosa que habia frente a mis ojos. Cierro la puerta y pienso: que lugar más extraño para poner un colegio. En ese momento un señor con pinta simpatica , una amigable sonrisa y un polo amarillo sale a recibirnos. Nuestro "padre adoptivo temporal"  sonrie aliviado , se despide de nosotras alegremente y vuelve a subir al coche. Miramos espectantes al simpatico señor del polo amarillo que nos indica el camino sin dejar de sonreir. Pensé que tendría unos 30 y tantos años, era alto y moreno, con los ojos grandes y marrones. Se acercó a una puerta blanca y tras marcar un codigo giró el pequeño picaporte gris y abrió la puerta; eramos las primeras en llegar.
Intimidadas, pasamos al pasillo acogedor y continuamos hasta la clase del fondo tal y como nos indicaba el muchacho. La clase era amplia, con una pizarra blanca y unas mesas de madera dispuestas en forma de u; el suelo recubierto de moqueta gris (como casi todos los interiores de ese lugar) hacia a las sillas azules resaltar un poco en la estancia de paredes azul claro. En la pared contigua a la de la puerta había un gran panel de madera con ventanas traslucidas tras los que adiviné se encontraba otra clase. La pared opuesta a la puerta se encontraba recubierta de ventanas que, por la clara luz blanca que las atravesaban, se asumia daba al exterior.
La luz de aquel lugar no era como la calida luz amarilla de mi ciudad. La luz de este lugar era blanca, apagada, casi lugubre en algunos momentos. Todo por culpa de las nubes que nunca dejaban al sol mostrarse al completo a la vieja catedral de alta torre.
Poco despues que nosotras llegaron las dos monitoras que nos preguntaron con gran ilusion como nos habia ido nuestra primera noche allí. Empezamos a hablar todas emocionadas mientras poco a poco se nos fueron uniendo el resto de compañeros del viaje y sus anecdotas de las primeras horas en una cultura extrangera. Todo allí era muy diferente y en parte tenía miedo. Pero en el momento en que volvio a entrar el muchacho del polo amarillo y nos sonrio supe que amaría ese lugar como nunca antes habia amado otro, viviria experiencias unicas, conoceria a personas extrañas y excepcionales y aprenderia más de lo que imaginaba. Se presento como Aron, nos presentamos nosotros y, tras los típicos consejos iniciales, dimos por comenzada la semana, una semana que nunca olvidariamos. La mejor semana que jamas había vivido. SALISBURY2012

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